Esta es la transcripción del episodio 01 de Cauce, un podcast para aprender español avanzado con la literatura del Río de la Plata.

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En este episodio leemos Las malas, de Camila Sosa Villada.

«Es profunda la noche: hiela sobre el Parque. Árboles muy antiguos, que acaban de perder sus hojas, parecen suplicar al cielo algo indescifrable pero vital para la vegetación. Un grupo de travestis hace su ronda. Van amparadas por la arboleda. Parecen parte de un mismo organismo, células de un mismo animal. Se mueven así, como si fueran manada. Los clientes pasan en sus automóviles, disminuyen la velocidad al ver al grupo y, de entre todas las travestis, eligen a una que llaman con un gesto. La elegida acude al llamado. Así es noche tras noche.»

Lo que les acabo de leer es el comienzo del libro Las malas, de la escritora argentina Camila Sosa Villada, que fue publicado en 2019.

Así inicia esta novela que encierra muchos detalles sobre la vida de las mujeres trans y travestis en Argentina, en particular en la ciudad de Córdoba, capital de la provincia que lleva el mismo nombre, en el centro del país. Una provincia famosa por su Universidad pionera, por su música popular y por sus paisajes de montañas bajas y ríos.

 

Las malas es una historia de ficción con un trasfondo de crítica social. Cuenta la vida de una joven, la narradora protagonista, que desde niña siente que su identidad no encaja en las normas sociales de género.

«A los cuatro, a los seis, a los diez años, yo lloraba de miedo. Había aprendido a llorar en silencio. En mi casa y con un padre como el mío, estaba prohibido llorar. Se podía guardar silencio, descargar la rabia mientras se hachaba leña, golpearse con otros niños del barrio, pegarle puñetazos a las paredes, pero nunca llorar. De manera que aprendí a llorar en silencio, en el baño, en mi cuarto, o camino al colegio. Era el uso privado de esos que sólo estaba permitido a las mujeres. Llorar. Me regocijaba en ese llanto, me permitía ser la protagonista de mi melodrama marica.»

En este fragmento la narradora dice que, como estaba prohibido llorar, las opciones eran guardar silencio, una colocación muy común para referirnos a quedarse en silencio, a no hablar; o, también,se podía  descargar la rabia de otras maneras. Por ejemplo, mientras se hachaba leña, es decir, mientras se cortaba la madera de los árboles con un hacha; o también pegándole puñetazos, dándoles un golpe con el puño, a las paredes.

Nuestra protagonista se cría en un contexto rural de clase trabajadora. Con el tiempo, cuando crece, se traslada a la ciudad de Córdoba, donde estudia de día y trabaja como prostituta travesti de noche.

En esta gran ciudad , encuentra refugio y construye una familia con el resto de sus compañeras en la pensión de La Tía Encarna, uno de los personajes más importantes de la novela.

 

Pero ¿qué es una pensión? En este contexto, es una casa grande en la que se alquilan habitaciones para vivir. A estos lugares se los llama también fondas, residencias, casas de inquilinato y, en contextos más rioplatenses, conventillos.

A esta pensión, que la narradora también llama “la casona rosa”, un día llega un niño y lo transforma todo. Se trata de un bebé al que encuentran abandonado en el Parque Sarmiento, un parque gigante y famoso en Córdoba, donde ellas trabajaban de noche.

«La casona rosa, del rosa más travesti del mundo (en cada ventana hay plantas que se enredan con otras plantas, plantas fértiles que dan flores como frutos, donde las abejas danzan), se ha vuelto silenciosa de repente, para no asustar al niño. Los días de lluvia eran una fiesta: no se salía a trabajar. O, si ya habíamos salido y se largaba el chaparrón, nos tomábamos entre todas un taxi a la pensión. En el camino los taxistas se descostillaban de la risa con nosotras, había que oírlos reír en ese momento para darnos cuenta de que éramos realmente divertidas, valiosas, que hacíamos cosas buenas también. Jugábamos a las cartas, mirábamos películas porno o alguna novela en la televisión, aconsejábamos a las nuevas. Luego de la llegada del bebé, también nos volvimos expertas en la niñez. Pero guardábamos el secreto.»

La protagonista y sus compañeras comparten violencias, erotismo, alegría, solidaridad, música, supervivencia, y trabajo.

En el fragmento que acabo de leer menciona los días en los que, de camino al parque, se largaba un chaparrón. Un chaparrón es una lluvia intensa y corta, y el uso del verbo “largarse” no es casual, porque se utiliza mucho para hablar del comienzo de una acción repentina (largarse a llover, largarse a llorar). Cuando eso sucedía, ellas se tomaban un taxi para volver a la casa y siempre hacían reír a los taxistas, tanto que estos se descostillaban de risa, una expresión que significa reír con todas las fuerzas.

La novela alterna momentos muy crudos en los que se habla de discriminación, abusos, enfermedad o pobreza, con instantes de belleza, humor, celebración, ternura, y rituales simbólicos que reconfiguran el dolor en resistencia.

La obra también es una reflexión profunda sobre qué significa existir como persona travesti en una sociedad que margina el cuerpo que no concuerda, sobre el precio del silencio impuesto, y sobre la urgencia de narrar la propia vida para reclamar dignidad, memoria y visibilidad.

Pero no lo hace desde un desarrollo teórico sino desde una ficción que integra también elementos sobrenaturales. Por eso, esta novela puede ser considerada realismo mágico. Sin embargo, es interesante entender que en medio de estos toques de fantasía también están presentes algunas leyendas argentinas que, aunque puedan parecer totalmente extrañas, son parte de la cultura del país. Por ejemplo, cuando nos presenta a Natalí: un personaje que nació como la séptima hija varón de su familia y por eso, en las noches de luna llena se convierte en lobizón, en hombre-lobo. Esta creencia tiene origen en una leyenda indígena que se mantuvo tan arraigada en la población argentina que con el tiempo el propio Estado buscó maneras de contrarrestar la estigmatización que sufrían estas personas. En 1974, de hecho, se creó una ley que establece que el Presidente de la Nación debe ser el padrino de todos los séptimos hijos varones que nazcan en la Argentina.

«Cada mes, Natalí se encerraba en un cuarto al fondo de la casa, vigilada por La Tía Encarna, con el niño en un brazo y la escopeta en el otro, la puerta asegurada con una cadena gruesa y un candado enorme. Sucedía que Natalí era la séptima hija varón en su familia y las noches de luna llena se convertía en lobizona. Si no la cuidábamos así, después se hacía daño a sí misma, se convertía en alucinación de borrachos y pasto de noticieros y despertaba bajo los árboles con la ropa hecha jirones. Por haber nacido séptima hija varón, Natalí era ahijada del presidente Alfonsín, que había estado presente en su bautismo, y desde entonces toda su familia y la gente cercana eran radicales en lugar de peronistas, aunque hasta entonces les hubiera interesado un bledo la política. Natalí lloraba lágrimas azules cada vez que escuchaba la canción de Julio Iglesias que llevaba su nombre y decía que era capaz de cometer crímenes espantosos cada noche de luna llena si no se encerraba en aquel cuarto. No podíamos hacer nada por ella, aunque era la más valiente de todas las travestis que he conocido, porque era dos veces loba, dos veces bestia.»

Camila Sosa Villada es una de las escritoras más renombradas en la actualidad argentina. Nació en La Falda, provincia de Córdoba, en 1982. Estudió Comunicación Social en la Universidad Nacional de Córdoba. El libro que leímos hoy, Las Malas, fue récord de ventas en hispanoamérica y ha sido traducido a más de 20 idiomas. Entre otros títulos, también escribió Tesis sobre una domesticación, Soy una tonta por quererte, y La traición de mi lengua.

 

Sus textos son intensos y combinan lenguaje poético, honestidad cruda e ironía. Te recomiendo leerla para expandir tu español y seguir navegando las aguas de la literatura del sur.

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Conducción: Rode Classen

Edición: Ezequiel Medina

Guion y contenidos: Ezequiel Medina, Rode Classen

Identidad visual: Bruno Matta

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