Esta es la transcripción del episodio 02 de Cauce, un podcast para aprender español avanzado con la literatura del Río de la Plata.
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En este episodio leemos el cuento Pablito clavó un clavito, una evocación del Petiso Orejudo, del libro Las cosas que perdimos en el fuego, de Mariana Enriquez.
Como cada semana, Pablo se prepara para llevar a un grupo de turistas a disfrutar de un tour de crímenes por Buenos Aires. En un recorrido que a veces se hace a pie y a veces en ómnibus, los guía por los lugares donde ocurrieron asesinatos famosos o donde vivieron algunos de los criminales más célebres de Argentina. En cada parada, les cuenta a este puñado de viajeros una historia atrapante y aterradora.
Pablo es el protagonista del cuento Pablito clavó un clavito: una evocación del petiso orejudo, que forma parte del libro Las cosas que perdimos en el fuego de Mariana Enriquez. Esta colección nos trae doce cuentos de terror social: donde lo macabro y extraño se entrecruza con las partes más oscuras de la historia y la cultura argentina.
En Pablito clavó un clavito: una evocación del petiso orejudo podemos ver esta característica desde el título. Además de jugar con un clásico trabalenguas en español, Pablito clavó un clavito, nos menciona a uno de los criminales más famosos y perturbadores de Argentina. “Petiso orejudo” era el apodo de Cayetano Santos Godino, un criminal que fue también conocido como el niño que asesinaba niños. Petiso o petisa es el adjetivo que se usa en Argentina para referirse a alguien bajito y orejudo, obviamente, hace referencia a alguien con orejas grandes. El petiso orejudo vivió y cometió sus crímenes en los comienzos de 1900 y murió en 1948 en Ushuaia, en la cárcel del fin del mundo.
Este cuento comienza con una aparición: Pablo, el protagonista, está haciendo su recorrido como guía turístico y de repente ve frente a él al Petiso orejudo, este asesino que lleva muerto más 70 años.
Ahora vamos a leer esta parte del relato, y en este texto vamos a escuchar también otros nombres famosos en la historia de los crímenes de Argentina, como el de Yiya Murano, quien fue también conocida como la envenenadora de Monserrat, el barrio de Buenos Aires donde cometió sus crímenes.
"La primera vez que se le apareció fue en la salida de las nueve y media de la noche, la que se hacía en ómnibus. Fue durante una pausa del relato, mientras recorrían el tramo que iba desde el restaurante que había sido de Emilia Basil, descuartizadora, hasta el edificio donde vivía Yiya Murano. Era él, sin duda, inconfundible. Los ojos grandes y húmedos, que parecían llenos de ternura pero en realidad eran un pozo oscuro de idiocia. El chaleco oscuro y la estatura baja, los hombros esmirriados y en las manos esa soga fina, el piolín, con que le había demostrado a la policía, sin expresar emoción alguna, cómo había atado y asfixiado a sus víctimas."
Esta descripción física nos dice que el petiso orejudo tenía los hombros esmirriados un adjetivo de uso poco frecuente que significa extremadamente flaco, débil.
Luego nos dice que en sus manos tenía una soga fina, un piolín, como se le dice en Argentina a un hilo grueso, a un cordón. Este era el instrumento que este personaje utilizaba para asesinar.
Pablo se siente confundido por la aparición del Petiso. No sabe si se está volviendo loco o si, quizás, esta visión está relacionada con sus circunstancias de vida: acaba de ser padre y, a lo mejor, es por ese motivo que ahora hablar de un asesino de niños le genera una mayor perturbación. Sigamos leyendo.
"Hacía rato que Pablo había contado su historia. Lo venía haciendo desde hacía dos semanas y le gustaba mucho. El Petiso Orejudo había acechado una Buenos Aires tan lejana y tan distinta que resultaba difícil sugestionarse con su figura. Y sin embargo algo debía haberlo impresionado vivamente, porque el Petiso se había presentado, aunque nadie más lo veía —los pasajeros conversaban animados y le pasaban la mirada por encima, sin reparar en él—."
El narrador dice que la ciudad de Buenos Aires ahora es muy distinta a aquella en la que el Petiso Orejudo había acechado. Acechar es lo que hacen los depredadores, como un león, con su presa, es decir, observar cautelosamente esperando el momento de atacar. Por su historial, sabemos que el Petiso Orejudo acechaba principalmente a su barrio y a sus vecinos que tenían apenas unos años menos que él.
Pablo tarda poco tiempo en darse cuenta de que solo él puede ver esta aparición que se repite una y otra vez. El resto de los pasajeros, dice el texto, le pasaban la mirada por encima, sin reparar en él. Reparar en algo o alguien significa notarlo, advertir su presencia.
A lo largo del cuento, vamos a descubrir cómo esta presencia escalofriante se clava en la mente del protagonista e impregna sus días y sus pensamientos.
Me detengo acá con la historia, para no arruinarte el placer de descubrir este cuento inquietante que combina el terror de los asesinos seriales con el de las sombras personales, como la crisis de la paternidad o la frustración laboral.
Esta característica de mezclar problemáticas sociales con hechos sugestivos o sobrenaturales, es algo típico de las historias de Mariana Enríquez. En los cuentos de Las cosas que perdimos en el fuego, entrecruza los fantasmas y la magia negra con las infancias abandonadas, la violencia de género y la soledad urbana. A través de doce relatos nos trae el horror a la puerta de nuestra casa.
Su pluma es única y maravillosa. Te invito a leerla para expandir tu español y seguir navegando las aguas de la literatura del sur.
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Conducción: Rode Classen
Edición: Ezequiel Medina
Guion y contenidos: Ezequiel Medina, Rode Classen
Identidad visual: Bruno Matta

