Esta es la transcripción del episodio 04 de Cauce, un podcast para aprender español avanzado con la literatura del Río de la Plata.
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En este episodio leemos Los suicidas del fin del mundo, de Leila Guerriero
¿En qué pensás cuando escuchás la palabra Patagonia? A lo mejor ves montañas, lagos cristalinos y pueblos turísticos. Pero la Patagonia es grande, amplia, y también puede ser áspera.
Leila Guerriero es una periodista y escritora de no ficción: más precisamente de ese género híbrido llamado crónica latinoamericana, que combina los mejores recursos de la literatura (como la creación de escenas y personajes, y la prosa atrapante) con la rigurosidad de la investigación periodística.
Su primer libro, del que vamos a hablar hoy, cuenta una historia de la Patagonia: no de esa de postales y aeropuertos llenos, si no de una donde el viento golpea y atormenta, una que está lejos de todo, una Patagonia donde vivían los jóvenes que se convirtieron en Los suicidas del fin del mundo.
«El viernes 31 de diciembre de 1999, en Las Heras, provincia de Santa Cruz, fue un día de sol. Había llovido en la mañana, pero por la tarde, bajo el augurio favorable del que parecía un verano glorioso, se hicieron compras, se hornearon cordero y lechones, y se vendieron litros de vino y de sidra. Allí, y en toda la Argentina, se preparaba la fiesta del milenio con confites, alcohol y fuegos de artificio.
Pero en Las Heras, ese pueblo del sur, Juan Gutiérrez, 27 años, soltero, sin hijos, buen jugador de fútbol, no vería, de todo eso, nada. No sabía mucho de la muerte, como no lo supieron los demás, los otros once. Pero el último día del milenio supo que no quería seguir vivo.
A las seis de la mañana, mareado por el alcohol, húmedo por la llovizna de un amanecer del que se reía un día radiante, golpeó la puerta de la casa de su madre hasta que ella lo hizo entrar. Siguieron gestos de alguien que planea seguir vivo: pidió comida, comió. Después, enfurecido, salió a la calle. Su madre quedó laxa, temblando en un comedor repleto de estufas asfixiantes. Cuando corrió a buscarlo ya era tarde.
Lo vio al doblar la esquina. Pendía como un fruto flojo de un cable de la luz, en plena calle. Eran las siete y cuarto de la mañana.
Esa noche, a las doce en punto, estalló el fin del milenio y en Las Heras hubo fiestas. Nadie suspendió los encuentros, las comidas, el brindis de la medianoche. Habían sido muchas: los vecinos ya estaban habituados a esas muertes.»
En el comienzo de esta crónica, la autora dice que el cuerpo de Juan Gutiérrez “pendía como un fruto flojo de un cable de la luz”, y de esta manera cruda y poética nos describe la imagen de una persona que se ahorcó en plena calle y quedó pendiendo, es decir, colgando en el aire, sujetado solo por ese cable de electricidad que rodeaba su cuello.
En estos párrafos, Guerriero nos adelanta que esta escena devastadora no fue nada excepcional: antes de la de Juan Gutiérrez ya habían ocurrido otros suicidios y en el pueblo se estaban acostumbrando a estas noticias.
Leila Guerriero llegó a Las Heras, un pueblo a 2000 kilómetros de Buenos Aires, en el otoño del 2002 para ver cómo era ese lugar donde al menos 12 jóvenes se habían quitado la vida en los últimos años. Sigamos leyendo.
«No recuerdo qué fue lo primero que vi. Quizá la YPF de la entrada, o la avenida Perito Moreno con boulevard al medio, o el cementerio o el enorme galpón de chapas que decía Transporte Las Heras. Sé que no vi —ni entonces ni nunca— la pintada que alguien me había dicho que existía: «Las Heras, pueblo fantasma».
—Fijáte, apenas llegás lo primero que ves es eso.
No hacía falta. El pueblo era una obviedad. No había gente, ni jardines, ni ventanas abiertas, ni carteles con nombres de las calles. Los árboles parecían sobrevivientes de alguna cosa mala. Después supe que no había cine, ni Internet ni kioscos de revistas, y que cada tanto el viento cortaba los teléfonos, auspiciados por una cooperativa municipal porque hasta allí no llegan el largo brazo de la Telefónica ni las pretensiones francesas de Telecom.
El día era de sol y eso ayudaba, pero cuando bajé del ómnibus el viento me empujó, trastabillé y sentí un chirrido de arena entre los dientes.»
En estos párrafos la autora nombra varias empresas emblemáticas de Argentina: YPF, la petrolera del Estado que en los 90 había sido privatizada, y las dos compañías extranjeras de telefonía que, se suponía, habían llegado para dar servicio a todo el país, pero eso no incluía a lugares como Las Heras.
Con la descripción de todo lo que no vio al llegar, nos ilustra un pueblo desolado, incomunicado y sufrido. En el último párrafo también menciona a un personaje no humano que va a estar presente a lo largo de todo el relato: el viento. Dice que, al bajar del ómnibus, el viento la empujó y por eso trastabilló es decir, perdió el equilibrio. Más adelante, también va a decir que “el viento arrancaba las ventanas de su sitio, los dientes y las muelas”.
A lo largo de todo el libro Guerriero nos lleva a recorrer las calles de Las Heras, nos hace entrar a la casa de las familias de los jóvenes que se suicidaron, y nos permite escuchar diálogos que hablan de un dolor que va mucho más allá de la pérdida de una vida: es el dolor de no ver un futuro, de sentirse atrapado en un lugar donde todo parece estar detenido en el tiempo.
En el siguiente párrafo vamos a escuchar a Alberto, uno de los entrevistados del libro, hablar sobre la pérdida de su hermana y sobre los otros suicidios ocurridos en el pueblo.
«Yo después me acordé que un día, cuando fuimos al cementerio, ella me dijo «Algún día yo voy a estar acá». Yo le dije dejáte de jorobar. Ella no hablaba mucho, pero parecía que no tenía ningún problema. Al principio la gente pensó que eran problemas de familia, pero después cuando ya fueron siete, ocho, diez casos, escuchabas la ambulancia y decías «Uh, ahora quién se mató». Se había armado un grupo de ayuda a los familiares de esos chicos, y se hacían reuniones. A mí me vinieron a preguntar si quería ir. Pero yo no. Yo no quería. Nunca hablé mucho de esto con nadie. Ni con mis viejos. No nos explicamos nunca nosotros lo que ella hizo. Yo voy al cementerio solo, cuando llega la fecha, y me pregunto siempre lo mismo: qué puede haber pasado.»
Alberto dice que no habla del tema ni con sus viejos, como se le dice en Argentina, de forma coloquial y cariñosa, a los padres.
La pregunta que Alberto se hace se repite de forma constante en el libro: qué habrá pasado, por qué tantas muertes. Guerriero sigue todas las pistas que aparecen, desde los rumores de una secta hasta la historia económica del pueblo.
En esta crónica no encontramos respuestas fáciles, explicaciones cerradas, pero sí podemos ver una imagen clara de un lugar aislado al que, lamentablemente, algunas cosas sí llegan, como las consecuencias de las políticas económicas feroces que caracterizaron a los años 90.
Los suicidas del fin del mundo nos muestra esa Argentina quebrada y desesperanzada de inicios de los 2000, desde un rincón del país donde todo, al igual que el viento, golpeaba con más fuerza.
Este es el primer libro que publicó Leila Guerriero y en él ya podemos ver su increíble talento para mirar y para contar la realidad con nitidez y belleza, sin usar adornos ni lugares comunes.
Si querés explorar otras de sus historias, te recomiendo La llamada, el retrato de una sobreviviente de un campo de concentración de la última dictadura militar argentina; o Una historia sencilla, una crónica que relata la intensidad de un torneo nacional de malambo, una danza folclórica, en la provincia de Buenos Aires.
Sin duda, te recomiendo leerla para expandir tu español y seguir navegando las aguas de la literatura del sur.
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Conducción: Rode Classen
Edición: Ezequiel Medina
Guion y contenidos: Ezequiel Medina, Rode Classen
Identidad visual: Bruno Matta

